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De la factibilidad actual de eliminar a los “pluris”

Por Carlos Alberto

Una característica que se ha venido manifestando y distingue al sistema presidencial mexicano es que el Congreso de la Unión está integrado en dos cámaras, como lo señala el artículo 50 de nuestra Carta Magna, con la de Diputados y Senadores, a las que le concede atribuciones conjuntas y también específicas para cada una de ellas, asimismo dentro del capítulo referente al Legislativo se encuentra lo relacionado con la repartición de los escaños con los principios de mayoría relativa y representación proporcional en ambos parlamentos, así como el de la primera minoría en el Senado de la República, lo que a priori, beneficia la pluralidad de las fuerzas políticas dentro del Congreso y evita con ello que el partido político oficial – cual fuere el caso – ostente tan fácilmente el control total de las cámaras y se genere un mayor trabajo de concertación y negociación entre los congresistas, por ende se atenúa -en el papel- el peso presidencial sobre el poder Legislativo.
El debate en torno a los congresistas plurinominales es constante, un tema que ha adquirido notoriedad en estos días por la propuesta del Partido Revolucionario Institucional de eliminarlos de tajo, bajo la sugestión primordial que no son voluntad de una mayoría de la ciudadanía su incursión legislativa, y que devengan salarios y prestaciones muy elevadas del presupuesto público, posiciones que han generado serios análisis sobre su viabilidad y que al final de cuentas resultan sumamente valederas, porque no solamente los plurinominales, sino todos los congresistas representan un exceso en el gasto público para todos los mexicanos por sus elevadas dotaciones.
Sin embargo, si dentro de la LXII Legislatura del Congreso de la Unión hacemos un ejercicio de eliminar a los diputados y senadores plurinominales actuales, así como a los senadores que entraron por primera minoría nos quedamos que los partidos Revolucionario Institucional y Verde que como fuerza electoral llevaron en el 2012 al Presidente Enrique Peña Nieto a Los Pinos, contarían con una mayoría aplanadora y absoluta en ambas cámaras, con 36 senadores de 64, muy lejos de los apenas 16 de Acción Nacional quien sería el segundo lugar y en el caso de la Diputación se agravaría la situación con 180 de 300, por solo 56 diputados del PAN como segundo actor mejor posicionado.
Si nos ponemos a revisar los números, de no existir los plurinominales el Presidente Peña Nieto hubiera tenido un camino – más – libre para el control del Congreso a su antojo en sus dos cámaras, con lo que estaríamos frente a un presidencialismo aún más poderoso porque “los pluris” apenas y alcanzan a revertir un poco esa situación en un balance final, al menos para restarle al PRI-Verde de la mayoría absoluta y es que en algunas facultades presidenciales contenidas en la Ley Suprema, el titular del ejecutivo precisa la anuencia del Congreso para desempeñarlas.
La pluralidad de las fuerzas políticas en las Cámaras mexicanas es relativamente joven, todavía en la década de los noventa, el Revolucionario Institucional ostentaba una representación de más de dos terceras partes en ellas, en donde el Presidente de la República en su calidad fáctica de primer priísta podía hacer y deshacer a su antojo los destinos de dos importantes poderes de la unión.
En ese sentido, con el argumento constitucional de que los partidos políticos y los miembros del Poder Legislativo se integran con la finalidad de la representación popular de todos los sectores de la ciudadanía, y con el requisito que se pide a los partidos para acceder a los escaños plurinominales de superar el 3% de la elección total – porcentaje que me parece extremamente bajo y que sí vería posible incrementar al menos al 6% para agenciarse una curul por esa vía -, son en cierta medida necesarios para el funcionamiento plural y democrático del poder en México ya que en un modelo político eminentemente presidencial, un Congreso con mayoría de solo una fuerza política que detenta también la Jefatura de Estado y Gobierno del país, en términos reales, no nos beneficia en nada y donde el modelo del Congreso estadounidense salta atractivamente a nuestra vista como un buen ejemplo a seguir con un sistema de pesos y contrapesos entre los Poderes que es arquetipo eficiente a nivel mundial, claro, por ahora seguimos a años luz de adquirir la madurez institucional del vecino país del norte.
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